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Riesgos del trabajo La
tentación de un Estado superhombre Por Osvaldo
R. Burgos 
Y el anciano habló a Zarathustra de este modo: “No me resultas desconocido, viajero:
pasaste por aquí mismo, muchos años ha. Te llamabas Zarathustra, y has cambiado
mucho. Entonces subías hacia la montaña tus cenizas: ¿es que intentas ahora bajar
tu fuego al valle?” Zarathustra,
el héroe solitario de Nietzsche –quizás la más lograda ficción de la historia
de la filosofía universal- subió al ostracismo de la montaña cargado de cenizas
y diez años después, regresó al valle portando un formidable fuego encendido,
quemándose en el ardoroso afán de anunciar la inminente llegada de un superhombre
ajeno a toda limitación divina. Antes
y después, un mismo anciano lo observaba, impávido, y lo reconocía sin por ello
seguirlo. Desde cierta perspectiva, quizás
sea el comportamiento de este profeta dionisíaco –paradigma histórico del pensamiento
nihilista- el modo habitual de proceder del Derecho argentino, en relación a la
cobertura de seguro sobre los riesgos de trabajo. En
este marco jurídico, en particular, nuestra tentación de hacer fuego a partir
de las cenizas es constante, constitutiva. Vivimos
anunciando retornos impensables: repetimos, una y otra vez, las fórmulas gastadas
de nuestras periódicas derrotas, convencidos –en cada oportunidad- del éxito inminente.
Así, cuando la realidad material “se
empeña” en sobrepasar la estructura conceptual de nuestras leyes, reaccionamos
desconociendo las leyes o atribuyendo responsabilidades espontáneas a intereses
múltiples, invariablemente ajenos. La
formulación del problema podría ser la siguiente: no comprender la superioridad
conceptual del orden simbólico, nos conduce sin escalas a la adopción de impropios
mecanismos de acción directa. En ocasiones, incluso, la legitimación individual
o colectiva del comportamiento irracional nos aleja, socialmente, de toda probabilidad
de eficacia de cualquier sistema jurídico. Apostamos –metódicamente- al fracaso
de nuestra propia ficción estructurante; perseguimos una excusa suficiente, con
mucho más ahínco que el que utilizamos para buscar un saber compartido. Tal
vocación suicida nos conduce al vacío. La
enorme tentación fundacional ¿Qué
otra explicación encontrar para entender el empeño desmedido en la destrucción
del régimen de reparación de riesgos laborales, desde el propio organismo de control
del sistema? ¿Cómo comprender las proclamadas
ansias de gestión estatal directa cuando, en diez años de vigencia del régimen,
el Estado no ha cumplido adecuadamente, siquiera, con su tarea de supervisión?
La tentación fundacional es enorme. Con
Venezuela como improbable guía y el dudoso valor de la argentinidad como estandarte,
intentamos regular, hoy, la atribución de responsabilidad penal a aquellos empleadores
que incumplan la ley de seguridad e higiene. No
nos importa que la ley de seguridad e higiene sea, en muchos casos, de cumplimiento
imposible. Que se trate de una norma desactualizada, pensada para otro momento
histórico, para otra economía, y que, en más de un supuesto, resulte injusta para
los propios trabajadores que protege. No
nos importa que la Constitución Nacional –aún en vigencia- impida la legislación
sobre responsabilidades penales en materia laboral. Mucho
menos nos importa que sean los empresarios pymes –aquellos que no tienen posibilidad
alguna de trasladar sus operaciones a otros países- los directos perjudicados
de un sistema que prescinde de toda previsibilidad asegurativa. El
disfraz de superhombres Según nuestro
discutible criterio jurídico habitual -de hecho- tanto las normas –la ley- como
las conductas – la realidad social- deben subordinarse, estrictamente, a los valores
(indefectiblemente absolutos) que transitoriamente defendemos. Edificamos
un derecho “pasional” navegando entre extremos y negando con enjundia lo que ayer
proclamábamos. En el marco de una dinámica perversa construimos desde la destrucción,
anhelamos el vacío infinito; cíclicamente, nos probamos el disfraz de superhombres.
O se lo prestamos al Estado. En fin:
quizás pueda ayudarnos recordar el final de aquella historia del comienzo: Zarathustra
no consiguió más adeptos que el pobre cadáver de un titiritero, con el que hubo
de cargar por una larga y fría noche. Es
decir: podemos imaginarla desde lo mítico pero, la verdad, termina por padecerse
–siempre- desde lo real. Las reivindicaciones ideológicas no suplen las imposibilidades
de gestión, en cuanto lo simplemente gestual no puede pertenecer, jamás, al orden
de la eficacia. Osvaldo R. Burgos. Abogado,
especialista en Derecho de Daños. orburgos@abogados-rosario.org.ar
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