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Ácidos
grasos omega-6 y omega-3 en la nutrición perinatal: su importancia en el desarrollo
del sistema nervioso y visual Los
ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga omega-6; ácido araquidónico, y omega-3;
ácido docosahexaenoico, son fundamentales en la formación de la estructura y en
la funcionalidad del sistema nervioso y visual de los humanos. Ambos ácidos
grasos constituyen más del 30% de la estructura lipídica del cerebro y de los
conos y bastoncitos de la retina. Se estima que la función de estos ácidos grasos
es aportar un alto grado de fluidez a las membranas celulares, permitiendo el
movimiento de proteínas en su superficie y dentro de la bicapa lipídica. Estos
ácidos grasos se forman a partir de precursores de menor tamaño
de cadena: el ácido linoleico da origen al ácido araquidónico,
y el ácido alfa linolénico al ácido docosahexaenoico. Esta
transformación ocurre principalmente en el hígado. Actualmente se
estima que el feto, durante el último tercio del período gestacional,
y el recién nacido, durante los primeros 6 meses de vida, requieren de
un gran aporte de ácido araquidónico y de ácido docosahexaenoico,
debido a que la velocidad de transformación de los precursores a nivel
hepático no es suficiente para cubrir los requerimientos metabólicos
de estos ácidos grasos. Es la madre quien los aporta a través del
transporte placentario durante la gestación y a través de la leche
durante la lactancia. Este aporte proviene de las reservas tisulares de la madre,
de su actividad biosintética y del aporte nutricional de los ácidos
grasos precursores. De esta forma, el adecuado aporte dietario de los
ácidos grasos precursores o ya preformados es de vital importancia para
la formación del tejido nervioso y visual. Se han observado alteraciones
en la funcionalidad de estos tejidos en lactantes y niños que no han recibido
un aporte adecuado de ácidos grasos omega-6 y omega-3 durante la gestación
y en los primeros meses de vida. Actualmente se sugiere que las fórmulas
de reemplazo o de complemento a la leche materna sean suplementadas, ya sea con
los ácidos grasos omega-6 y omega-3 ya preformados, o con sus precursores.
Los lípidos, necesidades y bondades
La importancia de los lípidos en la nutrición y el desarrollo
humano es reconocida desde hace décadas. Los lípidos son constituyentes
importantes de la estructura de las membranas celulares, cumplen funciones energéticas
y de reserva metabólica, y forman la estructura básica de algunas
hormonas y de las sales biliares. Además, algunos lípidos tienen
el carácter de esenciales debido a que no pueden ser sintetizados a partir
de estructuras precursoras. Más aún, recientemente se ha identificado
la participación de algunos lípidos en la regulación de la
expresión génica en los mamíferos. Dentro de la gran diversidad
estructural que caracteriza a los lípidos, los ácidos grasos son
quizás las estructuras de mayor relevancia. Los ácidos grasos se
dividen en dos grandes grupos según sus características estructurales:
ácidos grasos saturados (AGS) y ácidos grasos insaturados (AGI).
Estos últimos, dependiendo del grado de insaturación que posean
se pueden clasificar como ácidos grasos monoinsaturados (AGMI) y ácidos
grasos poliinsaturados (AGPI). Ahora bien, dependiendo de la posición del
doble enlace, contabilizando desde el carbono extremo al grupo funcional carboxílico,
los AGMI y los AGPI pueden clasificarse en tres series principales: ácidos
grasos omega-9 (primer doble enlace en el carbono 9), ácidos grasos omega-6
(primer doble enlace en el carbono 6) y ácidos grasos omega-3 (primer doble
enlace en el carbono 3). Los ácidos grasos omega-9 no son esenciales ya
que los humanos podemos introducir una insaturación a un AGS en esa posición.
De esta forma, el ácido oleico (C18:1, omega-9), por ejemplo, al cual se
le atribuyen propiedades nutricionales beneficiosas (como componente del aceite
de oliva), no requiere estar presente en nuestra dieta. No ocurre lo mismo con
los ácidos grasos omega-6 y omega-3, ya que nuestro organismo no puede
introducir insaturaciones en dichas posiciones. De esta forma, ácidos grasos
como el ácido linoleico (C18:2, omega-6, AL) y el ácido alfa
linolénico (C18:3, omega-3, ALN) sí son esenciales, por lo cual
nuestra dieta requiere contenerlos en proporciones bien determinadas ya que su
carencia o desbalance en la ingesta produce serias alteraciones metabólicas.
Para algunas funciones metabólicas y también estructurales,
se requieren ácidos grasos poliinsaturados de mayor número de carbonos.
A estos ácidos grasos se les identifica como ácidos grasos poliinsaturados
de cadena larga (AGPICL) y son formados en el organismo a partir de ácidos
grasos precursores, ya sea de la serie omega-6 u omega-3, los que son sometidos
a procesos de elongación y de desaturación, particularmente en el
hígado. De esta forma el AL puede dar origen al ácido araquidónico
(C20:4, omega-6, AA) un AGPICL de gran importancia en el desarrollo neonatal.
Del mismo modo, el ALN da origen al ácido eicosapentaenoico (C20:5, omega-3,
EPA) y al ácido docosahexaenoico (C22:6, omega-3, DHA), los cuales, al
igual que el AA, tienen importantes funciones metabólicas y reguladoras.
De estos ácidos grasos, el DHA es el AGPICL de mayor importancia en el
desarrollo neonatal. El proceso bioquímico de elongación y de desaturación
del AL y del ALN es realizado por enzimas localizadas en el retículo endoplasmático
y en los peroxisomas de las células hepáticas, por lo cual la
actividad de este organelo adquiere gran importancia en la formación de
los AGPICL. Participación de los AGPICL AA y DHA
en la estructura y función del sistema nervioso y visual El AA y el DHA
ejercen sus funciones metabólicas formando parte de la estructura de los
fosfolípidos de las membranas celulares, particularmente de la fosfatidilcolina,
la fosfatidiletanolamina y la fosfatidilserina. Por su alto grado de poliinsaturación,
estos ácidos grasos le aportan gran fluidez a las membranas en cuya formación
participan estos fosfolípidos. Esta fluidez es esencial para que las proteínas
de la membrana (canales iónicos, receptores, uniones comunicantes, receptores
catalíticos, enzimas, estructuras formadoras de vesículas, etc)
puedan tener la movilidad que requieren sus funciones, ya sea en la superficie
de las membranas o en el interior de la bicapa lipídica. En la formación
del tejido nervioso, y particularmente del cerebro, la fluidez de las membranas
es particularmente importante. Las etapas más criticas en la formación
de la estructura del encéfalo ocurren durante el último trimestre
gestacional en el humano y continúan hasta los dos años después
del nacimiento. Este proceso morfogénico que se inicia en la cresta neural,
se caracteriza por sucesivas etapas de neurogénesis, migración neuronal,
apoptosis selectiva, sinaptogénesis y mielinización, etapas que
en forma relativamente secuencial dan forma y funcionalidad al tejido cerebral.
Estos procesos celulares requieren a su vez de la participación activa
de las células gliales, particularmente de los astrocitos, quienes proveen
a las neuronas de los metabolitos y del soporte físico que requiere su
movilización dentro del encéfalo. Esta morfogénesis, íntimamente
asociada a la función del cerebro, requiere de un extraordinario aporte
de AGPICL, particularmente de AA y de DHA. Estos ácidos grasos se concentran
particularmente en los conos de crecimiento axonal y en las vesículas sinápticas
por lo cual tienen gran relevancia en la formación y propagación
del impulso eléctrico y en la movilización de las vesículas
que contienen los neurotransmisores. La formación
del tejido visual Algo similar ocurre en la formación del tejido
visual, el cual es una derivación del sistema nervioso. Las membranas externas
de los conos y de los bastoncitos de la retina acumulan una gran cantidad de AGPICL,
particularmente de DHA. La fluidez de estas membranas es esencial para el
proceso de transducción de la señal lumínica y su conversión
en una señal eléctrica, la que posteriormente es procesada por el
cerebro. Los fotorreceptores están concentrados en las membranas externas
de los conos y de los bastoncitos y al recibir una señal luminosa, en la
forma de fotones, se movilizan a través de la membrana, modificando la
concentración de GMP cíclico (un segundo mensajero). La disminución
de la concentración de GMP cíclico estimula el cierre de los canales
de sodio, produciendo una hiperpolarización de la membrana, lo que genera
el impulso eléctrico que se envía al cerebro . Aquí nuevamente
la fluidez de las membranas es esencial para que ocurra el fenómeno de
transducción de la señal y para adquirir esta fluidez es fundamental
que los fosfolípidos presenten una alta concentración de AGPICL.
El aporte de AGPICL durante la gestación y
la lactancia: el rol de la madre Durante la etapa gestacional, e incluso
después del nacimiento, el aporte de AGPICL es realizado por la madre,
ya que si bien el feto y el recién nacido tienen la capacidad para formar
AGPICL a partir de precursores, la velocidad de transformación (elongación
y desaturación) del AL para formar AA y del ALN para formar DHA, parece
no ser suficiente para proveer la cantidad de AGPICL requerida por el feto y por
el recién nacido. La actividad biosintética de elongación
y de desaturación del hígado fetal es muy incipiente debido a la
inmadurez fisiológica de este órgano. La placenta humana no tiene
la capacidad para elongar y desaturar los AGPI precursores, sin embargo, es selectivamente
permeable a los AGPICL de origen materno. Este aporte puede provenir de las
reservas tisulares de AGPICL de la madre (principalmente del tejido adiposo),
de la actividad biosintética (elongación y desaturación de
precursores) y del aporte nutricional de AGPICL preformados. De esta forma,
si la madre recibe una alimentación con un aporte adecuado de AGPI y con
una relación omega-6/omega-3 adecuada (desde 5:1 hasta 10:1 en peso), podrá
aportar al feto a través del transporte placentario, y al recién
nacido a través de la leche, el requerimiento de AGPICL necesario para
un desarrollo normal del sistema nervioso y visual. Sin embargo, hay situaciones
que pueden alterar este aporte; una nutrición inadecuada, el consumo
de grasas y aceites con alta proporción de omega-6 y muy bajo aporte de
omega-3 (muy común en nuestro medio), embarazos muy frecuentes o un embarazo
multíparo, pueden disminuir considerablemente las reservas de AGPICL. Nutricionalmente
el AL es mucho más abundante que el ALN, por lo cual el riesgo de déficit
de DHA es mayor que el riesgo de déficit de AA . El DHA preformado puede,
por ejemplo, ser obtenido a partir del consumo de productos del mar (pescado,
mariscos, algas) ya que estos alimentos constituyen la principal fuente de AGPICL
omega-3 preformados. Sin embargo, es conocido el bajo consumo de estos productos
en nuestro país (menos de 5 kg/cápita/año), por lo cual es
altamente recomendable la suplementación de la dieta de la madre con DHA
o eventualmente con ALN. Se ha sugerido que durante el curso del embarazo, una
suplementación de 300 mg/día de DHA sería adecuada.
Durante la lactancia, la madre continúa el aporte de AGPICL al recién
nacido. La leche humana, a diferencia de la leche de vaca, contiene una pequeña
cantidad de AA (0,5%) y de DHA (0,3%) que es suficiente para aportar hasta
tres veces el requerimiento de AGPICL del recién nacido. De esta forma,
el aporte de AGPICL de la secreción láctea es otro antecedente que
se suma al indiscutible rol de la lactancia materna durante los primeros meses
de vida. Efectos de la carencia de AGPICL
durante la gestación y durante la lactancia El cerebro es un tejido principalmente
lipídico ya que un 60% de su peso seco está constituido por lípidos;
de ellos un 40% son AGPICL, y de estos un 10% es AA y un 15% es DHA. En la retina
el DHA también se encuentra en una mayor proporción que el AA, constituyendo
ambos ácidos grasos más del 45% del contenido de AGPI. Es indudable
que al encontrarse el AA y el DHA en tan altas concentraciones la disminución
en el aporte de ambos, ya sea durante la gestación o la lactancia, tendrá
repercusiones en la funcionalidad de los órganos afectados. En definitiva,
un menor aporte de AA y de DHA por parte de la madre significa una menor concentración
de estos ácidos grasos en el cerebro y en la retina. Los estudios realizados
por diferentes grupos muestran que existe una relación directa entre los
niveles de AGPICL medidos en los eritrocitos y en el plasma, como una estimación
del estatus nutricional de estos ácidos grasos, y la agudeza visual y la
respuesta a potenciales evocados en los lactantes. Del mismo modo, los mayores
niveles de AGPICL medidos en lactantes, se correlacionan con una mayor capacidad
de aprendizaje y de concentración evaluados mediante test específicos
aplicados meses después de finalizada la lactancia. Algunos investigadores
han propuesto que el adecuado aporte de AGPICL durante el período perinatal
puede tener repercusiones en la inteligencia y en la intelectualidad del individuo
en su edad adulta, y también una menor morbilidad. Del mismo modo, se ha
propuesto que las razas de origen oriental, que tienen una mayor disponibilidad
nutricional de AGPICL derivada de sus hábitos alimentarios, tendrían
ventajas en su intelecto respecto a las razas occidentales. Lo anterior es solo
una especulación, ya que se pueden esperar efectos individuales pero parece
difícil atribuirlos a toda una población. El
aporte de AGPICL a partir de fórmulas suplementadas Como ya se comentó,
la leche materna asegura un aporte y una relación adecuada de AGPICL omega-6
y omega-3. Sin embargo, este aporte se puede ver modificado si el período
de lactancia es menor y/o alterado, o si simplemente éste no es posible.
Las fórmulas lácteas han ido incorporando, en la medida que es tecnológicamente
posible, los componentes fundamentales de la leche materna y aunque aún
su composición dista mucho para igualarse a la secreción láctea,
en los últimos años se han logrado progresos muy importantes. En
lo que respecta al tipo de ácidos que aportan estas fórmulas, es
necesario identificar aquellas que contienen AGPI omega-6 y omega-3 (AL y ALN)
y aquellas que además contienen AGPICL omega-6 y omega-3 (AA y DHA). Esta
diferente composición plantea obviamente una controversia. ¿Es suficiente
aportar los AGPI precursores de los AGPICL, o es necesario aportarlos preformados,
esto es como AA y DHA? Esta controversia no está totalmente resuelta. Sin
embargo, considerando los antecedentes clínicos y experimentales que demuestran
que el recién nacido no tendría una capacidad totalmente desarrollada
para realizar los procesos de elongación y de desaturación de los
precursores AL y ALN, parece más lógico, y probablemente más
seguro desde el punto de vista de la disponibilidad de AGPICL, aportar AA y DHA
en las fórmulas, además del AL y el ALN. De esta manera, es posible
asemejar mejor el perfil de ácidos grasos de la fórmula con el de
la leche materna. La incorporación preferente de AGPICL omega-6 y omega-3
a las fórmulas para prematuros parece aún más evidente.
Conclusiones El aporte adecuado de AGPICL
durante el período gestacional y postnatal parece ser un factor importante
para lograr un adecuado desarrollo y posterior funcionalidad del sistema nervioso
y visual del recién nacido. La madre, sin lugar a dudas, tiene un
rol fundamental en este aporte por lo cual su nutrición, y particularmente
su disponibilidad de AGPI y/o AGPICL durante la gestación y la lactancia
es de primera importancia. La leche materna provee todos los requerimientos del
recién nacido y su composición se adecua a la edad del lactante,
por lo cual las fórmulas que la sustituyen deben adecuar su composición
a la de la secreción láctea materna. Respecto al aporte de ácidos
grasos a partir de fórmulas, esto es posible ya que con la adecuada combinación
de grasas y aceites, principalmente de origen vegetal, es posible imitar con bastante
aproximación la composición grasa de la leche materna. Los AGPI
omega-6 y omega-3 están naturalmente presentes en aceites de origen vegetal,
sin embargo, estos aceites no contienen AGPICL omega-6 u omega-3, por lo cual
las fórmulas que contienen estos ácidos grasos los aportan a partir
de la adición de triglicéridos obtenidos de microalgas, a partir
de fosfolípidos purificados de yema de huevo, o recientemente, es posible
obtenerlos a partir de lípidos especialmente diseñados (lípidos
estructurados) para contener una alta proporción de AGPICL. Sin lugar
a dudas estamos frente a desafíos nutricionales y tecnológicos que
involucran a especialistas en nutrición infantil, bioquímica de
lípidos y ciencia e ingeniería de alimentos. El
precedente material forma parte del trabajo realizado por Alfonso Valenzuela y
Susana Nieto, publicado en la Revista Chilena de Pediatría v. 74 n.2 en marzo
de 2003. A fin de facilitar su publicación se han omitido algunas referencias
y cuadros. Su importancia fue señalada a la redacción de PóLIZA por la doctora
Elba López. Los autores agradecen al Fondo de Ayuda a la Investigación de
la Universidad de los Andes, a FONDECYT, a FONDEF y a Ordesa SA, el apoyo a su
trabajo de investigación y divulgación. |